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Sant Esteve de Palautordera, Barcelona
Hoy he descubierto el Verdadero Objetivo de la Vida: Ser Feliz.

viernes, 21 de septiembre de 2007

La Prueba de Fuego


Tengo la seguridad de que cada etapa de mi vida es una estúpida Prueba de Fuego imposible de superar. La seguridad de que lo que me hace feliz está condenado a morir. Y la seguridad de que lo hace siempre en el momento exacto del clímax.

“Si desgarra más, dolerá más”
Llamadlo Ojo por Ojo o Rueda del Karma.



Porque
soy un alma ingrávida sedienta de luz. Floto como el nenúfar al arrullo de una fuente. Me desprendo de lo material, como el ermitaño de una concha pequeña. Nado a contracorriente sin dejarme atrapar, borracha de libertad. Estoy en el momento exacto del clímax.

Por eso, los pensamientos que me empujaron a cambiar mi existencia, en busca de una aventura que empezó con el nuevo año, se extinguen y abren paso a los demonios.

Llamadlo Ojo por Ojo o Rueda del Karma.
¡Lo sabía!
Porque todo lo que me hace feliz, está condenado a morir...

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Se abre la veda


Reconozco que viviendo donde vivo y rodeada de bosques, mi incultura en el tema de las setas no tiene perdón. Pues resulta que con las lluvias de este verano y la humedad de estos días, entramos -de lleno y desde YA- en época de recolección de BOLETS.

No hay mañana en que no me asome a la ventana y vea a alguien conocido, casi de incógnito (si no fuera por la cesta de mimbre) que se encamina hacia el parque con botas de montaña, sembrando el recelo entre los que lo ven y no pueden salir del trabajo; porque en estas tierras, lo de ir en busca de setas es casi un deporte, y no faltan las estrategias y las falsas bajas médicas con tal de escaparse la mañana de un martes al bosque, que es cuando seguro no hay nadie, y todas las setas están solitas y dispuestas. El buen boletaire, además, sabe dónde están las hifas de determinadas especies (son años de observación), y qué hongos están relacionados con determinados árboles, y va directamente a buscarlos. Es por ello que siempre va solo y vigilando que nadie lo siga, no sea que le descubran los rincones secretos y se le joda la recolección.

Vamos, que ir a buscar bolets es cosa individual, o de padre e hijo. Difícil lo tengo -por no decir imposible- si quiero acompañar a alguien con objetivo de aprender a diferenciar las setas, porque sé que, en vez de llevarme al sitio bueno, me tendrán toda la mañana dando vueltas por cualquier trozo de bosque, y tendré mucha suerte si veo una puta seta comestible. Tampoco es la primera vez que le pregunto a mi amiga Ana (boletaire desde pequeña, ya que va con su padre) si puedo ir a buscar setas con ellos, y me dice directamente que NO con su mejor cara de póquer.

Según esto podemos diferenciar, de momento, entre los boletaires y los incultos. Yo me incluyo en la segunda categoría. He comprado libros sobre setas, he comprado muestras en el mercado, y he salido a la aventura en busca de setas iguales... sin éxito. No tengo madera. Buscar bolets no es cuestión de suerte. Hay que conocer el terreno. Y a menudo una especie comestible y otra tóxica se parecen peligrosamente. La única forma de hacerme boletaire sería que mi padre apareciese de forma milagrosa y me dijera:

“Hija, he estado esperando, durante veinticinco temporadas, el momento de humedad relativa idónea para enseñarte los rincones secretos de esta montaña. Coge la cesta y sígueme, que vamos a buscar bolets...”
Sin duda me correría de satisfacción si se diera esta situación.


Pero no sólo están los que saben y los que no. Como en todo, también están los que no saben pero NO LO SABEN. Son los conocidos pixapins (meapinos), que son aquellas personas de ciudad que suben el fin de semana con sus mejores galas (véase chándal de colores vistosos, tejanos pitillo y zapatillas deportivas con velcro), sus Seat Ibiza y sus tupper de tortilla, y que barren literalmente el bosque en grupos de a diez, pateando y levantando la hojarasca a ver si encuentran algo. Cabe decir que estos especimenes merecen morir (risas), y que son a menudo los causantes de numerosos destrozos en el bosque, y de no menos numerosos ataques de vergüenza ajena (sobretodo cuando van por los márgenes de la carretera buscando setas con bolsas de plástico). Pero lo que más me fascina de ellos es que, si no encuentran setas, se dedican a meter en la bolsa cualquier otra cosa, por ejemplo una piña, dos castañas y un trozo de musgo.
Invariablemente, por la tarde y sin haberse comido un rosco, se meten en la tienda del pueblo y se compran la caja de rovellons más grande que encuentran, para compensar la desilusión.

En fin, creo que estos días podría salir a buscar bolets, pero es como buscar una aguja en un pajar (con el riesgo añadido de coger una seta tóxica). Tampoco quiero seguir -sin ser vista- a ningún boletaire, no sea que se de cuenta y me tenga dos horas dando vueltas, así que me contentaré con ir al mercado y comprarme una caja. Eso sí, este otoño me inflo a comer setas, que son mi manjar favorito: rossinyols, pinetells........... ¡Mmmmmmm!!!

lunes, 10 de septiembre de 2007

Historia nº 2


"Un buen día, a primera hora de la tarde, bajé a Barcelona en coche para hacer unas gestiones. En la entrada a la ronda, en una subida, me topé con la típica caravana de entrada a la ciudad. Frené. Delante mío, todos los coches estaban parados. Por el retrovisor vi formarse una cola interminable. “Hay para largo”, pensé. Cambié la música y me acomodé. Algunos conductores hacían sonar el claxon de forma insistente. Al momento, miré por el retrovisor y la cola HABÍA DESAPARECIDO. Reinó un absoluto silencio, durante el cual no pude apartar la vista del espejo, atónita. De pronto sonó un claxon cercano y parpadeé, y vi al tipo enfadado del coche de atrás. La cola estaba allí, igual que antes. Y delante no había nadie. Me pitaban para que avanzara. Temblé durante el resto del trayecto..."

Historia nº 1


Seguro que gustaréis de este tipo de historias. Y no hablo de las famosas leyendas urbanas, sino de esas situaciones extrañas e inexplicables que te ocurren un buen día, y que no te dejan pegar ojo en toda la semana, recordándolas insomne en la cama, tapado hasta las orejas...

Por mi parte, pocas veces he experimentado un miedo de ésos que paralizan el cuerpo y la mente, pero sí, he pasado por ello, aquí estoy para contarlo. Lo que vais a escuchar es cierto. No son cuentos ni relatos. Que lo creáis o no es vuestro problema. En estas vivencias no cabe ningún tipo de sugestión, como veréis, pues todas sucedieron en circunstancias de lo más comunes, y analizarlas no es mi tarea.

Así pues, poneros cómodos y prestad atención a esta primera historia...

"Cuando vivía con Oscar en pleno parque natural (ahora vivo en el pueblo), mi casa era una planta baja rodeada de un alto muro de contención de tierras, sobre/tras el cual se extendía el bosque, y más allá las montañas. Entre el muro y la fachada de la casa se formaba un pasillo absurdo sin salida de apenas metro y medio de ancho, al que daban todas las ventanas de la casa y la puerta de entrada al comedor. Al final de ese pasillo estaba la leñera, y delante aparcábamos las motos.

Una noche me desperté escuchando ruido en el “pasillo exterior”, junto a la ventana de la habitación, como si alguien arrastrara algo pesado y metálico...

“Mierda, nos están robando una moto”, pensé, y desperté a Oscar en silencio. Con sólo abrir los ojos, se le descompuso la cara al escuchar el ruido al otro lado de la ventana. “Hay alguien”, dijo en voz baja, y me hizo señas para que me levantara lentamente, sin hacer ruido y sin encender la luz.

Es en casos como éste en los que te das cuenta de tu capacidad de premeditación –que no de reacción- ante el peligro inminente, y ¡de verdad que uno se sorprende! porque Oscar, ni corto ni perezoso, cogió un HACHA enorme de la chimenea, y ante su iniciativa asesina, yo cogí un ARCO y unas FLECHAS (flipa) que teníamos en la pared, puramente decorativos, pero que en alguna ocasión habíamos disparado con éxito contra latas de coca-cola.

Así pues, de madrugada y de esa guisa, armados hasta los dientes, dispuestos a descuartizar y/o atravesar brutalmente al ladrón, nos dispusimos a abrir la puerta y sorprender al intruso. Tras la puerta y con las armas a punto, esperamos el momento adecuado.

Cuando el sonido, que se movía de un lado a otro, estuvo DIRECTAMENTE detrás de la puerta, simultáneamente y sin pensarlo abrimos la puerta y salimos gritando como un par de trolls, y allí fuera NO HABÍA NADA, sólo el silencio y el muro. (...) Así que sin comprobarlo dos veces, entramos en tropel y pateamos la puerta hasta cerrarla, y corrimos a la cama, a taparnos la cabeza con la manta, el hacha, el arco y las flechas.

Toda la operación llevó apenas veinte segundos.

Más tarde el ruido volvió, por supuesto, y duró toda la noche, pasillo arriba y abajo, pero el miedo nos pudo y aguardamos inmóviles, con los ojos como platos, a que saliera el sol.

Cuando salimos con los primeros rayos, todo estaba en orden, y el bosque tranquilo.

Nunca investigamos el origen del ruido..."

Explico esta historia muerta de risa por lo cómico de la situación, aunque se me sigue erizando el vello cuando me pregunto si...

¿Habríamos atacado, de haber visto algo? ¿Con qué consecuencias? ¿Cómo convences a la policía de que fue defensa propia, si el ladrón tiene un hacha en la cabeza y una flecha en el estómago? En fin... juzgad vosotros mismos...

... porque el miedo nos paraliza, pero también nos da alasssss.............